Elsa Patricia Murga Ayala

Licenciada en Psicología y maestra en Criminología. Su trayectoria se ha orientado al análisis de la conducta humana y a la comprensión de los fenómenos sociales vinculados con la violencia y el delito, integrando siempre una perspectiva humanista en su labor.

El 6 de diciembre de 2016 mi vida cambió para siempre. Ese día, en el puerto de Veracruz, desapareció mi hijo Carlos Moscoso Murga de 20 años. Su última conexión en WhatsApp fue a las 14:59. Había salido de su trabajo a comprar un refresco en una tienda de conveniencia, pero nunca regresó. En ese momento, sin saberlo, comenzó una larga travesía marcada por la incertidumbre, el dolor y la búsqueda incesante.

En aquella época Carlos no vivía conmigo; había decidido irse a convivir con su padre en Veracruz. La noticia de que no llegó a dormir esa noche fue un golpe devastador, pues él siempre avisaba de sus movimientos. Viajé de inmediato a buscarlo, pero nadie sabía nada. Sus amigos no colaboraron y, de los muchos contactos que tenía en redes sociales, ninguno se hizo presente. Incluso algunos familiares me dieron la espalda. Comprendí que el miedo paraliza que, ante la desaparición, las redes de apoyo suelen quebrarse.

Volví a mi estado de residencia con la carga de dos responsabilidades: buscar a mi hijo Carlos y, al mismo tiempo, cuidar de mis otros dos hijos pequeños que me necesitaban. Me encontraba entre la espada y la pared, sin apoyo, sin recursos y con instituciones gubernamentales que lejos de acompañar, violentaban mis derechos. Aun así, persistí. Recuerdo que, en una ocasión, al pedir apoyo a un colectivo, una de sus integrantes me dijo: “para encontrar a nuestros hijos hay que buscarlos”. Esa frase se quedó grabada en mi mente y fue entonces cuando comprendí que debía convertirme en buscadora.

Pronto descubrí que no existía un verdadero compromiso de las autoridades para localizar a las personas desaparecidas. Pedí la sábana de llamadas de mi hijo, una diligencia básica para ubicarlo. El fiscal quien fue el primero en llevar su caso me respondió que no era posible, bajo el argumento de que quizá Carlos estaba con amigos o con su novia. Pasó un año entero para que me entregaran el documento, cuando ya era inútil, pues las compañías no conservan la información por tanto tiempo. Entendí entonces que, más allá de la indolencia, existía un sistema que nos revictimizaba constantemente.

Mientras las instituciones cerraban puertas, me aferré a comprender lo incomprensible. Inicié la licenciatura en Psicología con el deseo de entender por qué existía tanta maldad, por qué las personas desaparecían. Al mismo tiempo, participé en búsquedas con el colectivo: excavamos con nuestras propias manos en fosas clandestinas, recibimos talleres de antropología forense para tener herramientas mínimas y poder encontrar a quienes llamamos tesoros. Cada osamenta hallada era una mezcla de dolor y esperanza: tristeza por la vida arrebatada, y alivio porque ese ser humano regresaba, al fin, a casa.

El 4 de mayo de 2020, mientras terminaba mi tesis, recibí un mensaje de la fiscalía: debía presentarme dos días después a una reunión. Intuí lo que iba a suceder. Ese 6 de mayo me confirmaron que habían encontrado restos óseos con un 97% de compatibilidad genética conmigo y con su padre. Era mi hijo Carlos. El mundo se me derrumbó: ya no había esperanza de verlo con vida. La noticia fue entregada sin sensibilidad ni empatía, como si se tratara de un trámite más. La entrega de sus restos tardó cuatro años más, un tiempo de violencia institucional que me condenó a una segunda desaparición: la de mi propio derecho a despedirme dignamente de mi hijo.

En medio de todo, seguí estudiando. Me inscribí a la carrera de Criminología y descubrí en ella respuestas que antes no tenía. Gracias a mentores extraordinarios y a la fuerza que me dio el amor por mis hijos, pude concluirla. Desde ese conocimiento comencé a acompañar a otras madres y familiares, brindando talleres de contención psicológica y creando un espacio de psicoterapia centrada para quienes compartimos este dolor. Mi objetivo era darles herramientas que yo no tuve en el camino, mostrarles que, aunque el sufrimiento nunca se apaga, sí es posible sobrevivirlo.

Sin embargo, los años de búsqueda y trámites interminables me arrebataron también momentos irremplazables con mis otros dos hijos. Perdí bailables, reuniones escolares y los pequeños instantes que marcan la infancia. Ellos no solo perdieron a su hermano, también a una madre que tuvo que partirse en dos para poder luchar. Hoy son adolescentes que crecieron con esa ausencia mía, con ese enojo hacia la vida. Sin embargo, no solo eso tuve que sobrevivir había una realidad que no había visto llegar, un día al mirarme al espejo después de tanto tiempo de no hacerlo detenidamente, descubrí canas y arrugas en mi cara ¡ya había envejecido! Comprendí que no solo perdí a un hijo, sino a tres: uno que me arrebataron, y dos que crecieron sin mí.

Con el tiempo, entendí que debía reintegrarme a la vida, vivir el presente y honrar la memoria de Carlos. He aprendido que nunca se recupera el tiempo perdido, pero sí se puede aprender a vivir con lo que queda. En ese proceso empecé a investigar que nombre podría darse a tan dolorosa perdida, ya que si bien sabemos que cuando un hijo pierde a sus padres se les llama “huérfano” o a una esposa que pierde a su esposo se le conoce como “viuda”, y fue entonces que investigue y decidí unir estas palabras, con un concepto poderoso:

Cómo surge Viloman a partir de Vilomah:

SÁNSCRITO: Vilomah

├─ Vi-       → contra, opuesto, negativo

└─ -lomah    → orden natural, curso de la vida (metafórico)

Significado: «Contra el orden natural»

AGREGAMOS PREFIJO GRIEGO: -an

└─ -an       → sin, carencia

RESULTADO: Viloman

└─ Significado: Madre o padre que ha perdido a un hijo

→ Dolor que va contra el orden natural de la vida

Así, Viloman combina la idea filosófica de “contrario al orden natural” con la carencia física de un hijo, creando un término profundo y poético para algo que no tenía nombre.

Hoy levanto la voz desde esa identidad. Soy viloman, una madre que sobrevivió a la desaparición, a la negligencia del Estado y a la indiferencia de la sociedad. Soy también una mujer que sigue caminando, que busca transformar el dolor en memoria y en lucha. Porque la historia de mi hijo Carlos merece ser contada, y porque cada madre, cada padre en mi situación merece tener un nombre, un reconocimiento y, sobre todo, la certeza de que su amor trasciende la ausencia.

En memoria de mi hijo CARLOS MOSOCOSO MURGA desaparecido en el puerto de Veracruz el día 6 de diciembre del 2016, encontrado en una fosa clandestina en Arbolillo, Veracruz el 23 de agosto del 2019, me fue entregado el 15 de abril del 2023.

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