Patricia Murga
Licenciada en Psicología y Maestra en Criminología.
Cada año, cuando se acercan las fechas decembrinas, la sociedad se sumerge en un ambiente que, en apariencia, debería estar cargado de alegría, unión y celebración. Las calles iluminadas, los mensajes positivos y los rituales familiares crean una atmósfera que invita a la convivencia. Sin embargo, para muchas personas que viven con depresión, ansiedad o algún duelo emocional, este periodo no representa paz ni felicidad. Por el contrario, diciembre puede convertirse en uno de los momentos más difíciles del año.
La depresión no reconoce calendarios. No se detiene por Navidad ni se diluye con los abrazos de Año Nuevo. Y, aunque el discurso social invita a “estar bien”, la realidad interna de quienes están atravesando una crisis emocional puede volverse aún más dolorosa debido a la presión social por mostrarse alegres. A esta contradicción se le llama disonancia emocional, y es uno de los factores que intensifica el malestar psicológico durante estas fechas.
La sensación de soledad suele acentuarse. Incluso quienes están rodeados de familia pueden sentir un vacío profundo que no se llena con regalos ni cenas especiales. La tristeza, el cansancio emocional y la pérdida de interés en las actividades pueden incrementar, en parte por el contraste entre lo que la persona siente internamente y lo que percibe externamente. “¿Por qué todos parecen felices menos yo?” es un pensamiento más común de lo que imaginamos, pero pocas veces se dice en voz alta.
Por ello es fundamental hablar de salud mental con seriedad y sin estigmas, especialmente en estas fechas. La depresión no es falta de voluntad, ni flojera, ni un mal carácter. Es una condición de salud que requiere atención, acompañamiento profesional y sensibilidad por parte del entorno. Invisibilizarla o minimizarla solo profundiza el sufrimiento de quien la padece.
En este contexto, las redes de apoyo se vuelven indispensables. Una red de apoyo no es únicamente la familia; también incluye amigos, compañeros de trabajo, vecinos o incluso espacios terapéuticos. Son esas personas o vínculos capaces de ofrecer escucha, presencia, comprensión y contención emocional. No se trata de dar consejos vacíos ni de exigir que la persona “ponga de su parte”, sino de acompañar sin juzgar.
Una conversación sincera, un mensaje de “aquí estoy si lo necesitas”, una visita espontánea o una llamada pueden significar más de lo que imaginamos para alguien que está atravesando depresión. Muchas veces, lo que la persona necesita no es una solución inmediata, sino sentirse vista, escuchada y tomada en cuenta.
El acompañamiento profesional también es parte crucial de esta red. La psicoterapia ofrece un espacio seguro donde la persona puede expresar lo que siente sin temor a ser criticada o invalidada. En casos de depresión severa, la terapia combinada con intervenciones especializadas —como la terapia cognitivo-conductual, el psicoanálisis, la logoterapia o incluso nuevas alternativas como la estimulación del nervio vago— puede marcar una diferencia significativa en la recuperación.
Asimismo, quienes rodean a la persona deben aprender a identificar señales de alarma: aislamiento extremo, cambios bruscos de conducta, desesperanza persistente o expresiones directas de querer hacerse daño. Estas señales no deben ignorarse. En estos casos, actuar con prontitud y buscar ayuda profesional puede salvar vidas.
Es importante reconocer que el apoyo emocional no solo beneficia a quien está en crisis. También fortalece a la comunidad en su conjunto. Cuando normalizamos las conversaciones sobre salud mental, cuando dejamos de decir “échale ganas” y empezamos a preguntar “¿cómo puedo acompañarte?”, contribuimos a construir una sociedad más humana y empática. Y esa es una necesidad urgente.
Las fechas decembrinas pueden seguir siendo un espacio para la unión y la esperanza, pero deben serlo para todas las personas, no solo para quienes se sienten en plenitud. No sabemos lo que cada persona lleva por dentro, ni la historia que carga, ni el tipo de batalla que está librando en silencio. Por eso, este diciembre, es momento de mirar con más sensibilidad a nuestro alrededor.
A quienes viven con depresión, vale recordarles algo que a veces se olvida: no están solas, su dolor es válido y merece atención. Las redes de apoyo existen, y pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de valentía.
Y para quienes acompañan, lo más valioso que pueden ofrecer es presencia, paciencia y un corazón dispuesto a escuchar. En estas fechas, y siempre, un gesto de empatía puede iluminar más que cualquier obsequio.














