Georgina Aguillón del Real

Licenciada en psicología. Maestra en teoría psicoanalítica. Docente en diversas universidades públicas y privadas, en la Universidad del Ejército y Fuerza Aérea Mexicana y en la Escuela Militar de Oficiales de Sanidad. Perito en psicología forense

Hay crímenes que no caben en las categorías jurídicas habituales, crímenes que desbordan. Actos violentos en los que la fuerza usada no solo es excesiva, sino inexplicable: golpes que continúan cuando la víctima ya no puede defenderse, heridas que no buscan intimidar sino borrar, agresiones que no responden a un beneficio ni a un conflicto claro.

Es aquí donde el psicoanálisis —y en especial la propuesta de Lacan— ofrece una herramienta conceptual que ilumina este territorio oscuro: la pulsión de muerte. No como un instinto biológico ni como una tendencia al suicidio, sino como una fuerza estructural del sujeto, ligada al goce y al límite de lo humano.

Freud introdujo la idea en 1920, pero es Lacan quien le da una forma útil para pensar la violencia. Para él, la pulsión de muerte aparece cuando la ley simbólica, esa red que regula el deseo, encuadra la vida psíquica y permite la convivencia, queda suspendida. Cuando esa ley falla, el sujeto puede quedar atrapado por un tipo de satisfacción que no busca placer, sino algo más radical: ir más allá del cuerpo y del otro, incluso por vías destructivas.

En los delitos de extrema crueldad, esto se ve con claridad. No se trata solo de dañar, sino de transgredir el límite del cuerpo del otro. No de matar, sino de exceder cualquier necesidad para hacerlo. En palabras de Lacan, no es el “placer” el que guía al agresor, sino el goce, una satisfacción que se impone sin consideración por la vida, la ley o el semejante.

Desde la perspectiva forense, esto permite entender por qué ciertos agresores actúan como si el delito fuera secundario frente al acto mismo. Por qué continúan cuando ya no “es necesario”. Por qué repiten patrones de violencia incluso cuando saben que arriesgan su libertad o su vida. El goce no responde al cálculo racional del delito: se impone.

La escena del crimen, en estos casos, funciona como el lugar donde el sujeto intenta resolver una tensión interna que no encuentra palabras. Es un acto que no pasa por la mediación simbólica, sino que se despliega directamente sobre el cuerpo del otro. Lacan llamaría a esto un pasaje al acto: un momento en que el sujeto abandona la escena simbólica y se precipita hacia lo real, sin freno, sin ley y sin posibilidad de reflexionar.

Para el derecho, la pregunta es inevitable: ¿qué aporta esta lectura a la práctica judicial?

Primero, permite distinguir entre una agresión instrumental y una agresión que responde a la lógica del goce. Esta distinción es crucial para valorar peligrosidad, riesgo de reincidencia y comprensión del móvil. Un sujeto que actúa desde el goce no necesita un motivo; necesita un límite interno que, a veces, simplemente no está y que en algunos casos aparece con la contención de La-Ley en reclusión.

Segundo, evita la tentación de patologizar todo acto cruel. No se trata de “locura”, sino de una manera particular en que la pulsión se articula en ciertos sujetos. La ausencia de patologías psiquiátricas no excluye la posibilidad de una violencia extrema; de hecho, muchos delitos crueles son cometidos por sujetos sin diagnósticos formales.

Tercero, ayuda a leer los excesos en la escena del crimen como mensajes, no como simple sadismo. Para Lacan, todo acto porta un sentido, aunque sea un sentido inconsciente. La crueldad puede funcionar como un intento desesperado de darle forma a una tensión psíquica insoportable.

Cuarto, permite entender que la crueldad extrema no siempre anuncia calculadora frialdad: a veces indica un quiebre subjetivo, un punto en el que el sujeto queda tomado por una fuerza que no domina. Esto tiene implicaciones importantes para las periciales psicológicas: no basta con evaluar rasgos de personalidad; es necesario explorar la relación del sujeto con la ley, el deseo y su modo de tramitar la agresividad.

Integrar esta perspectiva ofrece un beneficio ético: evita reducir la violencia a un diagnóstico, a una biografía difícil o a factores contextuales. La pulsión de muerte, leída desde Lacan, permite pensar un tipo de violencia que no proviene del afuera, sino de la estructura misma del sujeto.

El derecho necesita herramientas para comprender lo que excede la racionalidad. El psicoanálisis, cuando se le toma en serio, no excusa el delito: lo nombra, lo ubica y permite que el operador jurídico vea donde antes había solo horror o desconcierto. Allí donde la ley no alcanza a explicar, el psicoanálisis puede ofrecer un mapa, una brújula y, sobre todo, una manera de no mirar hacia otro lado.

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