Alberto del Castillo del Valle.

Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Es una pregunta tan recurrente este lunes 1 de septiembre y solo me queda echar un vistazo para atrás, para tratar de responder a esa interrogante: ¿qué hicimos? Muchos, nada a favor de la destrucción habiendo alzado la voz en su contra; pero otros… Veamos:

  1. Durante el proceso electoral 2006, en que Felipe de Jesús Calderón Hinojosa ganó las elecciones presidenciales, claramente se nos advirtió que Andrés Manuel era (es) un peligro para México. Muchos lo ignoraron, otros lo olvidaron, algunos más consideraron que ese comentario ya no era válido y a varios (entre ellos los partidos políticos y sus dirigentes) les dio pena volver a decirlo. El autor del artículo se excluye de los que omitieron recordarlo, pues en las conferencias a que fui invitado para hablar de las elecciones, repetí ese mensaje… y no me arrepiento ni estoy equivocado, como el desastre en que ha puesto al país lo deja ver.
  2. Vivir en una “democracia”, donde el voto de quien se parte el alma cada día para llevar alimento a su familia, vale lo mismo del voto de quien delinque o de quien se ha tirado a la haraganería (y a éste, ahora el negocio le es fabuloso: le pagan por no hacer algo -salvo ir a los eventos del líder, aunque no le reditúe un beneficio a la sociedad ni aporte algo económicamente productivo a ella-). El mismo valor del voto de quien paga contribuciones, que el de quien vive de ellas. Desde luego, estoy exento de esa conducta que redunda en la situación grave que vive el país.
  3. Ha sido un gran error no difundir las bondades de la libre empresa y de vivir en libertad, a fin de frenar las falacias del socialismo en América que lo pintan como algo extraordinario, que nunca han dejado ver sus beneficios sociales, aunque sí sus fracasos, pero no hubo publicidad para la libertad, la competitividad, el esfuerzo para salir adelante y que los méritos hacen posible ello. Por el contrario, se permitió que se siguiera engañando a la gente con el socialismo y la igualdad de todos con todos; ¿cómo va a ser igual un empresario que pone su capital a producir, con un embustero que se dedica a matar clases (si es que va a la Universidad) y solamente sabe reclamar la desigualdad frente a ellos? Cabe aclarar que el empresario no es solamente el dueño de la tienda “X”, sino el joven estudiante que divide su tiempo en estudiar y prepararse para el futuro y trabajar: él emprende su propio negocio desde esa pequeña trinchera. En los despachos de abogados les denominamos “pasantes”, que facilitan la labor del titular del mismo, porque de esa manera no hay necesidad de acudir todos los días a todos los Juzgados; en tanto el pasante acude a Juzgados, el abogado permanece en el Bufete para redactar escritos, acude a audiencias y atiende a clientes y, claro, el pasante NO puede obtener el mismo ingreso que el del titular, pues no hay la misma responsabilidad… ni esfuerzo, trabajo y conocimientos. No sobra decir que casi todos hemos pasado por la labor del pasante, lo que nos ha permitido comprender el mundo del proceso en los Juzgados, en forma clara y no solamente con base en la teoría universitaria, por lo que “pasantear” no es sinónimo de discriminación; hasta los hijos de los abogados titulares de despachos reconocidos, dedican una parte de su vida en aprender allí; sin embargo, hay quien no quiere trabajar y solamente se desgañita aduciendo “desigualdad” y cuando un farsante le dice que tiene razón… votó por él.
  4. Se dejó llegar al Poder a “chapulines”, personas que traicionaron a su partido y cambiaron por otro por conveniencia personal, mas no por principios; no obstante esos antecedentes, se les hizo candidatos a cargos de elección popular y resultaron ganadores de una curul por el principio de representación proporcional (lo cual los obligaba a defender los ideales del partido que los postuló y, concomitantemente, del electorado que votó por ese partido, pero al final también los traicionó); en realidad, durante la contienda electoral comprometerse con el servicio público fue lo de menos, lo importante era llegar para quedarse, aún cuando su nombre quede mancillado (por él) para la eternidad, por haber traicionado, primeramente al partido o coalición que lo postuló y posteriormente al electorado, que le dio una encomienda específica, pero por salvarse de acusaciones penales por sus actos presumiblemente delictivos (y con su proceder, confirmados), antepuso sus intereses (mezquinos) por encima de la patria, la democracia y la sociedad. Obviamente, la responsabilidad primaria es de los partidos que por torpeza y no ver más allá de sus narices, colocaron como candidatos a personajes señalados por actos de corrupción que después fueron amenazados con ser enjuiciados si votaban un proyecto de reforma en contra de la destrucción del sistema judicial.
  5. Nada pudimos hacer ante un fraude electoral fenomenal (éste sí, no como el de 2006), que fue perpetrado en el proceso electoral del año 2024, quedándose un movimiento para adorar al líder con escaños que no le correspondían; y ante los reclamos de los partidos “perdedores” (más bien, a los que se había robado la elección), las “autoridades” electorales (personas del mismo partido de quien era titular del Poder Ejecutivo y dirigía la campaña de su candidata, lo que es sabido en todos lados y se formularon las denuncias respectivas ante ese “árbitro electoral” que no vio lo que estaba ante sí) se agacharon ante el líder mesiánico y le dieron la razón…, sin razón jurídica. De ese espantoso fraude (que algunos ciudadanos han documentado y explicado), derivaron las reformas que hoy se ven materializarse en detrimento del país. Pero el ciudadano carece de un medio específico para impugnar las decisiones tomadas, por lo que tampoco caigo en este error.
  6. La designación de candidatos sin escrúpulos ni ética (y sí con “cola que les pisen”) para ocupar cargos públicos de elección popular, fue desastroso, pues si no tuvieron principios para actuar debidamente y dentro del ámbito del Derecho en su encomienda primaria (y lo sabían los dirigentes de los partidos), no debieron haberlos postulado. El resultado fue muy triste: defendieron su libertad propia arruinando a un país (y ello se lo llevarán hasta la tumba, si es que algo les queda de conciencia).
  7. No haber invitado a la gente a votar libremente y sin estar obligado a sufragar por determinado candidato, porque de lo contrario, “pierdes tu beca” es otro motivo de este desastre. Nuevamente me excluyo de los culpables, pues en repetidas ocasiones motivé votar, haciéndome de varios críticos por mi preferencia electoral, pero la de ellos ahí está dando sus resultados. En mis conferencias y pláticas con jóvenes les previne del caos y les advertí: yo viviré ese estado de cosas veinte años, ustedes ochenta (y no quisieron reflexionar).
  8. La mala decisión de Peña de salvar su pellejo por actos de corrupción que se le endilgaron, tejiendo un convenio para no ser juzgado a cambio de la presidencia; esa es una verdadera majadería para el país.

En ese orden de ideas, no somos todos culpables; estos son los sujetos que malévolamente han preferido tener privilegios que antaño envidiaron y codiciaron y ahora los veían en puerta, lo que les hizo apoyar a un movimiento destructivo para el país, encabezado por un mitómano (más de cincuenta mil mentiras detectadas durante el tiempo que encarnó al Poder Ejecutivo Federal lo demuestran, entre ellas todos los ataques relacionados con la corrupción de otro, sin probarles sus impetraciones), un resentido social (por ejemplo, en la elección de 2006 que perdió en parte por sus torpezas, en parte por los aciertos de su contrincante, sirviendo de prueba las expresiones de él y de Felipe de Jesús Calderón cuando salieron a cantar su victoria: la cara del que efectivamente no ganó, estaba desencajada y cualquier persona que conozca de lenguaje corporal, podrá corroborarlo, endureciendo ello su resentimiento social) y una persona carente de preparación para ocupar el cargo de Presidente de la República, desde el que diseñó la defunción del estado de Derecho.

Una defensa a los ministros (los defenestrados por ya sabes quién): que la señora presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (la buena) no se haya puesto de pie en la ceremonia del 5 de febrero de 2024, no era motivo para atacar al Poder Judicial Federal. Para empezar, el protocolo señala que el presidente de cada Poder no está constreñido a rendir pleitesía a otro Poder; asimismo, si en contra de alguien se causó un agravio, desde luego fue al Poder Judicial de la Federación, al no colocar a su titular en el lugar que por protocolo le corresponde: junto al titular del Ejecutivo.

Esa es la respuesta que doy a la pregunta sobre ¿qué hicimos como país para llegar a este momento tan bajo y de destrucción de instituciones y del estado de Derecho? Muchas otras personas compartirán mi criterio de no ser culpables o responsables de esa situación, quedándonos por hacer algo para el futuro de nuestro país: procurar que no siga destruyendo este país y reconstruyamos las instituciones que ponen freno a la arbitrariedad y a la tiranía.

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