Lic. Christian Paredes González

Coordinador de la Comisión de Tecnologías de la Información y Derechos Digitales, Barra Mexicana, Colegio de Abogados.

Permítame abrir con una confesión que pocos abogados hacen en voz alta: yo no elegí el Derecho. El Derecho ya vivía en mi casa antes de que yo llegara a ella.

Mi padre y mi madre son abogados egresados de la UNAM. Crecí entre códigos —de los otros, los empastados en rojo—, entre sobremesas donde se discutían amparos como otras familias discuten el clima y, entre estanterías que olían a jurisprudencia. Para mí, “estudiar Derecho” nunca fue una decisión. Fue una gravedad.

Los psicólogos lo llaman modelado. Yo lo llamo herencia. Uno mira lo que hay en casa y, casi sin darse cuenta, lo repite. No hubo un rayo de vocación, ni una película que me inspirara, ni un discurso que me marcara. Hubo, simplemente, un apellido que ya traía toga.

La pregunta que me hice a los dieciocho —y tardé años en responder—

¿Fue vocación o fue inercia?

Seré honesto: a los 17 o 18 años, fue inercia. Entré a la carrera como quien entra al negocio familiar: con la ruta trazada, el guion escrito y la sensación incómoda de estar cumpliendo el sueño de alguien más. Aprobaba materias, sí. Pero aprobar no es lo mismo que pertenecer.

Y aquí está el punto que más trabajo me costó en toda mi formación. No fue un examen. No fue un caso imposible. No fue un cliente difícil. Fue algo más íntimo: descubrir si el Derecho que había heredado podía, algún día, ser realmente mío.

El caso más difícil que litigué fue contra mí mismo

La respuesta llegó tarde y llegó por un camino que mis padres jamás habrían imaginado.

El Derecho que heredé era un Derecho de certezas: artículos, precedentes, sistemas que llevaban siglos asentándose. Pero el mundo que me tocó ejercer no se parecía en nada a ese. Me tocaron los datos personales, el cumplimiento corporativo, los algoritmos que hoy toman decisiones que antes tomaba una persona. Me tocó, en pocas palabras, un Derecho que todavía se estaba escribiendo.

Y ahí —en el borde exacto donde terminaba el mapa de mis padres— encontré por fin mi propia voz.

Porque una cosa es repetir una profesión y otra, muy distinta, reinventarla. Defender que el cumplimiento no es un costo, sino una inversión. Sostener, contra toda la mitología del cinismo corporativo, que la ética no está peleada con el dinero. Sentarme en la mesa donde se decide cómo la inteligencia artificial va a tratar a las personas, y recordar que detrás de cada algoritmo hay un principio jurídico que alguien debe custodiar.

Eso ya no lo heredé. Eso lo elegí.

Lo que aprendí de venir de dónde vengo

Con los años entendí que la herencia no es una condena ni un mérito: es un punto de partida. Mis padres no me dieron una vocación empacada; me dieron un idioma; el idioma del Derecho. Lo que yo decidí decir en ese idioma —y a quién, y para qué— eso sí fue una elección enteramente mía.

Hoy, cuando algún joven me pregunta si debe estudiar Derecho porque su familia lo hizo, le respondo lo mismo: no estudies Derecho para continuar una tradición; estúdialo para tener con qué discutirla. La toga que uno hereda solo sirve si, en algún momento, uno se atreve a usarla para defender algo que los anteriores no se atrevieron a defender.

Yo entré al Derecho por mimetismo. Me quedé por convicción. Y si algo agradezco de haber nacido entre abogados no es el apellido, ni la ruta, ni las estanterías con olor a jurisprudencia. Es haber tenido, desde niño, la prueba viva de que esta profesión —bien ejercida— sí puede cambiar las cosas.

Heredé la toga. Pero la ética, esa la elegí yo.

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