Heriberto Ramírez Neri
Socio fundador en Ramírez Neri & Asociados.
Una vez que ingresé a estudiar la licenciatura en Derecho en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Azcapotzalco (UAM-A), sabía que al egresar el camino no sería fácil para ejercer mi carrera. Y no lo sería por algo muy sencillo de entender: yo fui el primer abogado de mi familia y, como tal, no contaba con familiares, amigos o conocidos que pudieran orientarme o facilitarme el ingreso al ejercicio profesional, así como existen muchos estudiantes.
Por lo anterior, en los últimos trimestres de la licenciatura busqué realizar mi servicio social en el bufete de la UAM donde empecé a tener contacto con los juicios. Sin embargo, sentía que no era suficiente el conocimiento y la práctica -escasa- realizada; quería adquirir más experiencia antes de ofrecer mis servicios. Fue por ello que, luego de buscar y meditar, opté por realizar mis prácticas profesionales en la defensoría de oficio del entonces Distrito Federal; ahí opté por elegir la materia penal y el Reclusorio Norte -juzgado 43- para realizar mis prácticas.
Cualquiera que conozca y haya tenido la necesidad de requerir el servicio de algún defensor de oficio sabe que siempre han estado llenos de trabajo. Sus condiciones laborales tampoco son las óptimas; muchas veces no cuentan ni siquiera con los implementos para realizar sus tareas, aunado a que sus salarios son muy bajos si tomamos en cuenta la carga de trabajo que realizan. No obstante esas circunstancias, me integré al equipo de trabajo dirigido en ese entonces por la licenciada Gabriela González, persona a quien le tengo mucho agradecimiento y cariño por su apoyo y confianza para realizar labores de defensor.
Como muchos recién egresados, la falta de experiencia y mis ímpetus por aprender, me di a la tarea de estudiar algunos de los asuntos que se llevaban en la defensoría. Como podrán imaginar, la mayoría de dichos asuntos eran de gente de escasos recursos y una porción importante de los asuntos correspondía al delito de robo que en muchos casos podía salir pagando una fianza. Sin embargo, por la misma falta de recursos, muchos de los detenidos se quedaban presos y es esta parte la que captó profundamente mi atención. Me explico:
En general, cuando inician los procesos, la mayoría de los presos cuentan con el apoyo de muchos de sus familiares e incluso de sus amigos, quienes van –o iban- a las audiencias, estaban al pendiente del desarrollo del proceso y, con o sin razón, exigen resultados. Con el paso del tiempo, los amigos dejan de asistir y quedan solo los familiares, generalmente los más cercanos: papá, mamá, esposa e hijos. Se presentan los primeros meses, y poco a poco sus visitas se van espaciando cada vez más; al final, sólo queda la mamá y la esposa o pareja.
Algo de lo que me pude percatar es que, entre más jóvenes son las parejas, más pronto se van distanciando. Al inicio están muy al pendiente y tratan de hacer lo que está en sus manos; sin embargo, en mi experiencia observé que, si las cosas se complican, las parejas jóvenes tienden a distanciarse con mayor rapidez que las llevan más años juntos. Quienes tienen una vida en común por varios años y han formado una familia duran más tiempo al pendiente de sus esposos o parejas; en cambio quienes tienen menos tiempo juntos y no hay otra cosa -hijos- que los una, la separación es más rápida.
Sin embargo, algo digno de mencionar y admirar son las madres; en la mayoría de los casos son ellas las que siempre están al pendiente de sus hijos y, en la medida de sus posibilidades, buscan solventar lo que está en sus manos para seguir apoyando a sus hijos.
Si algo me enseñó la estancia en la defensoría de oficio, fue precisamente eso: en los peores momentos, quienes más apoyo brindan son los familiares cercanos, pero con el tiempo y por diversas circunstancias, en muchos casos también terminan por alejarse. La persona que casi nunca se rinde es la madre, y eso es algo digno de admirarse, mencionarse y destacarse.
Dios bendiga a las madres.














