Vero Bonilla

Abogada Corporativa. Fundadora de Corporativo Bonilla

En el último año de preparatoria cursé las materias de Introducción al Estudio del Derecho y Filosofía. Recuerdo que leíamos a Maquiavelo y fue ahí donde descubrí que el Derecho no era únicamente un conjunto de leyes; era estrategia, análisis, razonamiento y la capacidad de construir soluciones para que las cosas sucedieran dentro de un marco de certeza. Esa forma de entender la profesión fue la que me llevó a elegir el Derecho.

Desde el segundo semestre de la universidad comencé a trabajar porque tenía claro que quería aprender desde la práctica y no únicamente desde las aulas. Mientras estudiaba, conocí la realidad de los tribunales, los expedientes y las audiencias. Fueron años intensos que, además del conocimiento jurídico, me enseñaron fortaleza, serenidad y disciplina. Sin saberlo, esa etapa estaba preparando la base técnica que años después tendría que complementar con una visión completamente distinta.

Cuando llegué al Derecho corporativo escuché una frase que cambió para siempre mi forma de ejercer la profesión: “Todavía no manden el contrato al abogado porque se va a caer el negocio”.

Al principio, esa expresión me sorprendía. Con el tiempo entendí que el problema no era el abogado; era la manera en que muchas veces participábamos en los negocios. Comprendí que, si quería aportar verdadero valor, no bastaba con dominar las leyes. Tenía que aprender a pensar como empresario.

Tuve que dejar de analizar únicamente el expediente para empezar a entender el negocio. Comprender qué estaba invirtiendo el cliente, qué quería construir, cuáles eran sus objetivos, cuánto estaba dispuesto a arriesgar y qué consecuencias tendría cada decisión. Descubrí que una buena asesoría corporativa no consiste en encontrar razones para decir “no”, sino en diseñar la estructura jurídica que permita que los proyectos sí sucedan, con seguridad y con el menor riesgo posible.

También entendí que las mejores respuestas nacen de las mejores preguntas. Aprendí a cuestionar todo: la operación, la estructura, los acuerdos entre socios, los riesgos que nadie estaba viendo y hasta los escenarios que parecían poco probables. Muchas veces la diferencia entre un negocio exitoso y un conflicto futuro no está en una cláusula del contrato, sino en una pregunta que nadie hizo a tiempo. Ese hábito de cuestionar, analizar y anticipar riesgos se convirtió en una de las herramientas más valiosas de mi ejercicio profesional.

Con los años, confirmé que el Derecho corporativo no está para detener empresas; está para ayudarlas a crecer con certeza. Por eso nunca he entendido mi profesión como la de quien revisa documentos desde un escritorio. Mi lugar siempre ha sido sentarme del mismo lado de la mesa que el empresario, comprender su visión y construir, junto con él, la ruta jurídica que haga posible alcanzar sus objetivos sin poner en riesgo su patrimonio ni el futuro de su empresa.

La prevención ha sido la consecuencia natural de esa forma de pensar. Un contrato bien diseñado, una estructura corporativa sólida, reglas claras entre socios o una estrategia jurídica oportuna generan mucho más valor que corregir problemas cuando ya ocurrieron. Esa convicción ha guiado cada etapa de mi carrera.

Después de casi tres décadas, sigo convencida de que elegí la profesión correcta. Hoy creo que el verdadero valor de un abogado corporativo no está únicamente en conocer la ley, sino en comprender el negocio al que esa ley debe servir. Cuando un empresario siente que su abogado entiende sus objetivos, hace las preguntas correctas y encuentra la manera de proteger sus proyectos sin frenar su crecimiento, la relación deja de ser únicamente jurídica para convertirse en una alianza de confianza. Esa ha sido la forma en la que he decidido ejercer el Derecho durante casi treinta años y la que seguirá guiando mi vida profesional.

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