Juan José Alfaro Duque

Abogado por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) Maestrante en Derecho Penal Contradictorio Adversarial por el Centro de Investigaciones Jurídico-Políticas (CIJUREP) de la Universidad Autónoma de Tlaxcala (UATX)

Durante mucho tiempo, la ciencia y las leyes han vivido en mundos completamente separados. En el pasado, los abogados decidieron alejar las leyes de la biología por una buena razón: querían evitar abusos terribles, como los que ocurrían cuando se encerraba a las personas solo por sus rasgos físicos o su apariencia. Sin embargo, hoy en día, mantener esta separación es muy peligroso para la justicia. Como investigador de este tema, me he dado cuenta de que no podemos seguir castigando la conducta humana si nos negamos a entender cómo funciona físicamente nuestro cerebro.

Actualmente, las leyes asumen que las personas somos como calculadoras perfectas. Los jueces creen que, antes de cometer un delito, las personas hacen una pausa para sumar los riesgos y restar los beneficios en su mente. Pero la ciencia moderna, utilizando escáneres cerebrales, nos ha demostrado que esto es una completa fantasía. Tomar una decisión no es un cálculo tranquilo, sino una batalla feroz dentro de nuestra cabeza. Por un lado, tenemos una parte racional, que actúa como nuestro «freno ético». Por el otro, tenemos áreas instintivas, que funcionan como una alarma de supervivencia y buscan reaccionar al miedo o al deseo de inmediato.

El problema es que mantener encendido nuestro freno racional gasta muchísima energía del cuerpo. Cuando una persona está bajo mucho estrés, muy cansada o se siente amenazada, ese freno se apaga para ahorrar recursos. En ese instante, los instintos toman el control absoluto de la persona, algo que la ciencia llama el «secuestro de la amígdala». En medio del pánico o la furia, alguien no está pensando en cuántos años de cárcel le van a dar si golpea a otra persona. Simplemente está reaccionando para sobrevivir, y la ley actual castiga eso como si fuera una decisión malvada y fría.

Incluso cuando estamos tranquilos, el control sobre nosotros mismos no es tan perfecto como creemos. Experimentos científicos muy famosos descubrieron que el cerebro empieza a prepararse para mover el cuerpo una fracción de segundo antes de que nosotros mismos nos demos cuenta de que queremos movernos. Muchas veces, nuestra mente solo inventa una justificación para algo que el cerebro ya había decidido hacer en automático.

Esto se vuelve mucho más grave cuando hablamos de los jóvenes. La ley dice que, al cumplir 18 años, mágicamente te conviertes en un adulto responsable que controla todas sus emociones. Pero la biología nos muestra que ese «freno ético» del cerebro no termina de formarse por completo sino hasta después de los 25 años. Juzgar a un muchacho como si fuera un adulto es tan injusto como culparlo por chocar un coche que tiene un motor de carreras, pero que salió de la fábrica con frenos de bicicleta.

Para que las leyes funcionen en la realidad, especialmente en nuestros países de América Latina, tenemos que hablar de un tema muy doloroso: la pobreza. El cerebro no es duro como una piedra, es moldeable como la plastilina. Tiene la asombrosa capacidad de cambiar su forma física para adaptarse al lugar donde vive, lo cual se conoce como neuroplasticidad. Si un niño crece rodeado de hambre, abandono y violencia extrema, su cerebro entiende que vive en una zona de guerra. Para poder sobrevivir, se vuelve desconfiado y agresivo, y sacrifica el desarrollo de la empatía y la reflexión a largo plazo. Cuando esa persona llega a un juicio, el juez le exige que se comporte de forma pacífica, ignorando por completo que la miseria dañó físicamente la capacidad de su cerebro para controlarse.

Para solucionar esto, está surgiendo el «neuroderecho», que busca llevar todas estas pruebas cerebrales a los tribunales. En lugar de usar palabras complicadas, un doctor puede mostrarle al juez una radiografía que prueba que el cerebro del acusado estaba dañado o no tenía la energía necesaria para frenar sus impulsos. Sin embargo, hay un gran temor con esta nueva tecnología. Corremos el riesgo de regresar al pasado y usar estas máquinas para etiquetar a las personas como «peligrosas desde nacimiento», encerrándolas de por vida solo por cómo se ve su cerebro en la pantalla.

Por esta razón, la regla más importante para el futuro de la justicia debe ser muy clara: la ciencia del cerebro solo debe usarse como un escudo para defender a las personas, nunca como un arma para castigarlas más duro. Solo cuando aceptemos que el cuerpo humano tiene límites físicos comprobables, dejaremos de castigar fantasías legales y lograremos una justicia con verdadera compasión.

Ya puedes compartirlo!