Alberto del Castillo del Valle.

Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Decidir la profesión a la cual uno ha de dedicarse, es una de las elecciones más difíciles y de mayor peso en la vida de cada quien, pues implica la forma de vida para su futuro y hasta su muerte del profesional.

Decidirse por la abogacía no es fácil, pues para ser jurista debe tenerse arraigado y de origen un sentimiento de justicia: dar a cada quien lo suyo (para lo cual es menester tener planteada una estrategia y, sobre todo, pruebas que le den sustento a su dicho, como desde niños lo hacemos cuando se alega para que no se castigue a quien no ha caído en travesura). En ese caso, sin saberlo se procura la justicia (como sentimiento inherente a cada uno) … y se ejerce la abogacía.

No recuerdo que en la escuela primaria ni en la secundaria se nos hubiera guiado para tomar esta decisión; pero el ideal de justicia de no aceptar la sanción para quien no cometió una conducta reprobable, de premiar a quien se esforzó en el cumplimiento de sus tareas escolares, etcétera, condujo mi vida hacia el Derecho, aunado al aburrimiento producido por las matemáticas (no me costaba trabajo entenderlas, pero no me ganaron la voluntad), desconocer a qué dedica su vida este profesional el historiador (siendo un apasionado de la Historia de México), la falta de pasión por la química o por la biología, no me invitaban a optar por estudiar esas carreras.

La cátedra de “Elementos de Derecho Positivo Mexicano” en el sexto año de la Preparatoria fue apasionante, junto con asignaturas afines. Así fue como me dije: ¡de aquí soy!

Ingresar a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México y comprender la esencia de la Ciencia del Derecho en voz del profesor de la materia “Derecho Romano”, Everardo Moreno Cruz, entendiendo el fin de la justicia, confirmándolo en una charla de don Ernesto Gutiérrez y González, quien en menos de una hora nos diera una cátedra de buena convivencia y reflexión del respeto a los derechos de los demás, reafirmó mi vocación por el Derecho.

Escuchar a los profesores que nos inculcaron el amor por el Derecho, que no por la ley a secas al no caer en la memorización de la norma, sino en el entendimiento de su esencia, confirmó lo acertado de la elección.

Las cátedras de Ignacio Burgoa Orihuela referentes a las garantías individuales dejaron ver que no se trataba solamente de reglas de buen comportamiento, sino la protección a lo más suyo de cada quien: sus derechos humanos (expresión no muy socorrida en ese tiempo, pero el objeto de protección de las garantías); saber que con ellas y, en su caso, el juicio de amparo, se pone un dique a las arbitrariedades estatales, reforzó la idea de que fue correcta la elección de la carrera.

La decisión no fue fácil, pues en la familia cercana no había abogados; mi padre hubiera querido serlo, pero la beca que se le dio le permitió optar por la carrera de Contador Público…, habiéndose apasionado por las asignaturas del Derecho y por ello tenía un extraordinario conocimiento de esta bella Ciencia que respetaba y de la que algún día me dio una cátedra sobre la libertad humana.

De él aprendí a procurar la justicia y, además, la honradez; sus ejemplos fueron muchos y quedan en mi mente, pues el Derecho procura una vida social dentro del marco de la legalidad que encierra los ideales de justicia, paz social, bien común y orden, la base del proceder de mi padre y también de mi madre.

Hoy, a treinta y nueve años de haber obtenido el título de Licenciado en Derecho y a treinta y ocho de ser honrosamente profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México, estoy convencido de no haber equivocado el camino y si bien es cierto, se ha venido destruyendo el orden legal, la Ciencia Jurídica subsiste y sus bases son sólidas que nos permiten convivir pacíficamente en un marco de fraternidad, lo que debe difundirse a quienes están en vías de tomar la decisión de vida, así como a aquellos que ya iniciaron los estudios de la Licenciatura en Derecho, en donde la vocación, el amor por los fines del mismo y la paciencia darán lugar a que se superen yerros y se pueda volver a respirar un ambiente de libertad, igualdad y seguridad en la norma jurídica.

El Abogado visto por el Abogado.

«El abogado debe ser un jurisprudente, esto es, un sapiente del Derecho. Sería absurdo que no lo fuese, es decir, que padeciese “ignorantia juris”. Sin los conocimientos jurídicos no podría ejercer digna y acertadamente su profesión» Ignacio Burgoa Orihuela, «El Jurista y el Simulador del Derecho » (página 47). «.. no concibo un abogado sin pasión. ¿Cómo se puede defender sin pasión, acusar sin pasión, estudiar sin pasión y enseñar sin pasión?  en especial el Derecho… Pasión equilibrada, que es equidad y piedad… El hombre justo, por ejemplo, defiende su causa, en la que cree, con un apasionamiento tal que le confiere autoridad y energía… Pasión es compromiso y el abogado que no se compromete es un cobarde». Raúl Carranca y Rivas, «El Arte del Derecho» (página 19). «…el abogado no depende más que de sí mismo. Es el hombre libre, en toda la extensión de la palabra. Solo pesan sobre él servidumbres voluntarias; ninguna autoridad exterior detiene su actividad individual… no tiene, de tejas abajo, otro señor que el Derecho » Ángel Osorio, «El Alma de la Toga» (página 65). «Óptimo es el abogado de quien el juez, terminada la discusión, no recuerda ni los gestos, ni la cara, ni el nombre; pero recuerda exactamente los argumentos que, salidas de aquella toga sin nombre, harán triunfar la causa del cliente» Piero Calamandrei «Elogio de los Jueces” (página 37).

«Si quisiéramos definir las características del abogado, quizás estaríamos describiendo el perfil del hombre perfecto, probo, prudente, con sentido humano, veraz, firme, dinámico, tenaz, culto, con capacidad de raciocinio lógico, persuasivo, desinteresado, idealista, diligente, ordenado, lleno del sentido de su dignidad y su decoro» José Campillo Sáinz.

REGLAS DE VIDA PROFESIONAL DEL LICENCIADO EN DERECHO:

PRIMERA REGLA: estudia todos los días; ya mañana verás el beneficio de haberlo hecho al enfrentar un caso profesionalmente.

SEGUNDA REGLA: sé humilde y consulta con colegas; no sabemos todo, por ello no caigas en la soberbia. TERCERA REGLA: ningún asunto es insignificante ni fácil (ni “amparito”); todos los negocios son importantes.

CUARTA REGLA: protege tu buen nombre y actúa con ética; eres profesional del Derecho, no mercader de la norma.

QUINTA REGLA: no dejes que el cliente menosprecie tu actividad profesional y pon tu empeño en cada caso; dirígelo tú.

SEXTA REGLA: apasiónate de cada asunto y entrégate plenamente a él, que alguien tiene su confianza puesta en ti.

SÈPTIMA REGLA: actúa siempre dentro de la legalidad procurando el imperio del Estado de Derecho, la justicia y la paz social.

OCTAVA REGLA: celebra siempre un contrato de prestación de servicios profesionales; protégete fijando honorarios y tus deberes.

NOVENA REGLA: de vez en cuando, haz labor profesional social.

“El jurista debe ser un crítico de la legislación… El abogado debe ser un jurisprudente… debe tener vocación profesional… La libertad profesional también es substancial al abogado genuino… El abogado debe ser además emotivo…nutrido en el sentimiento de justicia… La rectitud de conciencia y la honestidad son las armas que tiene el abogado para emprender la lucha a que lo obliga esencialmente su actividad… El abogado debe ser orgulloso, jamás vanidoso… (cualidad del abogado) valor civil” IGNACIO BURGOA ORIHUELA.

Justicia es la virtud que guía su camino.

Uniéndosele el bien común y la paz social.

Rigen honradez y lealtad en su destino

Igualdad y actuar con ética profesional.

Seguridad jurídica sobre actos vanos.

Tienen sustento en una regla de la moral:

Alcanzar el respeto a derechos humanos.

ALBERTO DEL CASTILLO DEL VALLE.

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