Fausto Rolando González Urzaiz
Abogado y escritor especializado en el estudio de los procesos judiciales.
La pregunta sobre la motivación para dedicarme al mundo del derecho, me hace viajar a la época en la que cursaba la educación primaria, específicamente el sexto grado, debido a que en esos tiempos se ubica el primer momento en el que recuerdo haber tenido, por primera vez, la conciencia de una noción jurídica.
Se trataba nada menos que de la división de poderes, de la cual, en una lección muy breve y sencilla, dictada de viva voz por la profesora, se nos indicaba la existencia del legislativo, el ejecutivo y el judicial, a la vez que atribuía el primero a las cámaras de diputados y senadores, el segundo al presidente de la república, y el tercero, así sin más, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, omitiendo, por alguna razón que hasta el día de hoy desconozco, a los demás órganos considerados como depositarios de este último poder.
Hubo posteriormente un segundo momento que persiste vivamente en mis recuerdos, y este se produjo cuando cursaba el tercero de secundaria, cuando uno de mis profesores, dedicado específicamente a las clases de civismo, se esmeró hábilmente en enseñarnos lo que, en ese entonces, conocíamos como el capítulo de garantías individuales de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, incluyendo, entre otras, la protección al derecho a las distintas formas de libertad, como la prevista en el artículo 11, a la que el autor del libro de texto se refería como libertad ambulatoria, sobre la cual hubo, en su momento, alguna situación cómica que me hizo recordarla para siempre.
Del mismo modo, a la par de dicho apartado de la Carta Magna, nos encargó la elaboración de un ensayo acerca del artículo 123 de la misma norma fundamental y, mediante dicha experiencia de aprendizaje, empecé a descubrir las bases del derecho laboral de nuestro país.
Ahora bien, en lo relativo al conocimiento de nuestra Constitución Federal, no todo fue felicidad, dado que, una vez concluida la educación secundaria, empecé el natural enfrentamiento con el mundo de los adultos, en el cual, por algún extraño motivo, parecía respirarse en el aire un mensaje subliminal que indicaba que lo aprendido en la escuela era muy valioso, sí, pero solo para eso, para hacer un buen papel en el mismo plantel educativo, específicamente para aprobar los exámenes correspondientes a las asignaturas del plan de estudios, pero con poca o nula aplicabilidad en lo que ellos consideraban “la vida real”.
Cabe añadir a lo anterior, que la cereza del pastel la constituyó la triste experiencia que viví una tarde en la que, al llegar a una librería, me encontré un ejemplar de la misma constitución mexicana en un anaquel destinado, según el letrero correspondiente, a los libros de ficción.
En efecto, el evento fue deplorable, no únicamente por el hecho de que alguien, por intención o por descuido, hubiera dejado el tomo en ese librero, sino más bien, por la circunstancia de que varios visitantes del establecimiento aplaudían alegremente la aparente decisión.
Son situaciones como las hasta aquí relatadas, y otras, las que, en su conjunto, llegaron a detonar en mí ese especial sentimiento sin nombre, tal vez por ser también una combinación de muchos otros, que me transmitió el mensaje de que había llegado la hora de “hacer algo al respecto”.
A ese intenso sentir se sumó, en el momento más propicio posible, el surgimiento de un grupo de condiscípulos con la misma intención de incorporarse a la Facultad de Derecho y, como para convertirse en la pieza perfecta que faltaba en el rompecabezas, con los mismos objetivos de pugnar por un mundo de justicia y legalidad en el que realmente imperara el estado de derecho y este no fuera considerado, en lo sucesivo, como un mero relato de ficción.
Fue así como me integré a esa incipiente comunidad científica de preparatorianos, liderados por los ya abogados que nos impartían las clases de derecho positivo e historia universal, quienes gustosamente aceptaron convertirse en nuestros guías y mentores e incluso celebraron, un año después, nuestra admisión en la universidad como estudiantes de derecho.
Está por demás especificar que este grupo de estudiantes, en los años posteriores, fue convirtiéndose en una comunidad cada vez más nutrida de mentes jóvenes y cargadas de ideales, entre las que distingo, hasta la fecha, las almas de personas que, aunque ahora más maduras, siguen estando dispuestas a jugarse la vida por el orden constitucional.














