Zain Hamat Flores Cervantes.

Abogado especialista en seguridad estratégica, inteligencia operativa y prevención del crimen.

Eran los primeros años del nuevo milenio cuando iniciaba la secundaria y mis ideas eran tan dispersas como mi peinado: pretendía ser un “mohicano” para estar a la moda, pero el casquete corto que mi padre me obligaba a llevar hacía que pareciera más bien una piña con cáscara. Así de desordenadas eran mis nociones sobre el futuro profesional. El taller de estructuras metálicas me enseñó que el oficio no es un juego —basta recordar el humo de la soldadura flameándome los ojos—, mientras que mi maestra de inglés, con su monólogo incomprensible, me dejó claro que no todo lo que suena rimbombante es necesariamente inspirador.

Por fortuna, la chicharra anunció la clase de Formación Cívica y Ética. Entró al salón una licenciada cuyo nombre se me escapa, pero cuya personalidad y claridad marcaron mi rumbo. Definió civismo y ética con analogías tan vivas que me atraparon de inmediato. Esa materia se convirtió en mi favorita y, junto con la influencia de mi padre en la oratoria, despertó en mí el gusto por la disertación y el debate.

Al llegar a la preparatoria, el auge de la informática convenció a mi madre de inscribirme en el CBTIS 03 de Tlaxcala, en la carrera técnica de computación. Sin embargo, aunque la computación sonaba moderna y prometedora, algo más fuerte retumbaba dentro de mí: la certeza de que mi vocación estaba en otro lugar. En esos años Tlaxcala era un sitio seguro, con ambiente vecinal, y los pocos delitos que aparecían en El Sol de Tlaxcala me llevaban siempre a leer la sección de Seguridad. Allí descubrí una figura que me intrigaba: el Procurador General de Justicia. Su papel me despertó la duda, la curiosidad y, finalmente la convicción: eso era lo que quería ser.

Terminé la preparatoria con un promedio suficiente para aspirar a la universidad. Mi madre, profesora de secundaria, me sugería estudiar idiomas para heredar su plaza, pero el recuerdo de aquella miss de inglés me hacía sentir que ese camino no era para mí. Justo frente a la preparatoria se inauguraba el edificio que albergaría la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Criminología de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Entendí que ese era el paso inmediato hacia mi meta.

Recuerdo el día de los resultados de admisión: listados enormes pegados en el mural del antiguo edificio. Busqué mi nombre en los grupos A, B, C, D, E… nada. La idea de estudiar otra cosa rondaba mi mente, incluso pensé en ser chef. Pero al llegar a la lista H, ahí estaba: Flores Cervantes Zain Hamat. Algo saltó dentro de mí: estaba dentro, aunque en el turno vespertino, pero dentro. Mi primer día, mi primer traje, mi primer portafolios —La mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo—. marcaron el inicio de la mejor etapa de mi vida estudiantil.

Hoy, con las reformas que transformaron la Procuraduría en Fiscalía, mi meta sigue intacta: servir a la sociedad desde la institución que vela por la justicia en Tlaxcala, la tierra que tanto amo. Estudiar Derecho no es solo una elección académica, implica abrazar una vocación que exige disciplina, ética y compromiso; entender que la abogacía no está limitada al litigio, sino que representa la defensa de principios, la construcción de instituciones y la posibilidad de transformar realidades.

La nobleza de esta profesión radica en que, más allá de los códigos y las leyes, el Derecho es un servicio a la comunidad. Es la voz que se alza frente a la injusticia, el puente entre la norma y la vida cotidiana, y el compromiso de que la justicia no sea un ideal abstracto, sino una práctica concreta. Esa certeza, la de que el Derecho dignifica y transforma, es la que me acompaña desde aquel listado en el mural hasta hoy y la que seguirá guiando mi camino.

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