Georgina Aguillón del Real
Licenciada en psicología. Maestra en teoría psicoanalítica.
La trata de personas constituye una de las formas más complejas y graves de violencia contemporánea. En México, este fenómeno representa un reto persistente para el sistema de justicia debido a su carácter clandestino, la diversidad de sus modalidades (explotación sexual, laboral, mendicidad forzada, entre otras) y, sobre todo, el profundo impacto psicológico que deja en sus víctimas. En este contexto, la psicología forense se ha convertido en una herramienta clave para la comprensión, documentación y valoración del trauma asociado a estos delitos, así como para la generación de evidencia útil en los procesos judiciales.
Desde una perspectiva pericial, uno de los principales desafíos en los casos de trata de personas es la reconstrucción de la experiencia traumática sin revictimizar a la persona evaluada. Las víctimas suelen presentar afectaciones emocionales complejas, entre ellas trastorno de estrés postraumático, depresión, ansiedad severa, disociación y alteraciones en la memoria autobiográfica. Estas manifestaciones no solo son consecuencia directa de la violencia sufrida, sino también de los mecanismos de control coercitivo ejercidos por los tratantes, quienes suelen recurrir a la amenaza, el aislamiento, la deuda inducida y la manipulación psicológica como formas de sometimiento.
La psicología forense, en este sentido, no se limita a la identificación de síntomas clínicos. Su labor implica analizar la coherencia del relato desde una perspectiva contextual, evaluar indicadores de afectación psicológica consistentes con experiencias de victimización prolongada y distinguir entre posibles factores de simulación y respuestas genuinas al trauma. Este proceso requiere una metodología rigurosa, basada en entrevistas especializadas, instrumentos psicométricos validados y análisis de consistencia narrativa, siempre bajo un enfoque de derechos humanos.
Uno de los aportes más relevantes de la psicología forense en estos casos es la identificación del llamado “trauma complejo”. A diferencia del trauma derivado de un evento único, la trata de personas suele implicar una exposición prolongada a situaciones de violencia, lo que genera alteraciones profundas en la identidad, la percepción de control y las relaciones interpersonales. Las víctimas pueden desarrollar estrategias de supervivencia psicológica, como la disociación o la identificación con el agresor, que en ocasiones son malinterpretadas dentro del proceso judicial como falta de credibilidad o contradicción en el testimonio.
Este riesgo subraya la importancia de que jueces, fiscales y defensores cuenten con elementos de interpretación adecuados sobre el impacto psicológico de la trata. La psicología forense, en colaboración con el sistema de justicia, contribuye a contextualizar estas conductas y a evitar errores de valoración que puedan afectar el acceso a la justicia de las víctimas. Asimismo, permite fortalecer la perspectiva de género y de infancia cuando los casos involucran a mujeres, niñas, niños y adolescentes, quienes representan una población especialmente vulnerable.
Otro aspecto fundamental es la evaluación del daño psicológico con fines de reparación integral. El peritaje no solo documenta la presencia de síntomas, sino que también busca establecer la relación causal entre los hechos denunciados y las afectaciones observadas. Esta labor tiene implicaciones directas en las decisiones judiciales sobre indemnización, medidas de rehabilitación y garantías de no repetición. En este sentido, el trabajo pericial contribuye a materializar el derecho a la reparación del daño desde una base técnica y científica.
No obstante, la práctica pericial en casos de trata enfrenta importantes desafíos. Entre ellos destacan la escasa disponibilidad de condiciones adecuadas para la entrevista forense, la limitación de recursos especializados en algunas entidades federativas y la necesidad de mayor capacitación en enfoques de trauma complejo y entrevista sensible. Asimismo, persiste el reto de evitar la revictimización institucional, que puede ocurrir cuando los procesos judiciales no consideran el impacto psicológico de las múltiples declaraciones o evaluaciones a las que es sometida la víctima.
A pesar de estos retos, la psicología forense ha consolidado su papel como un puente entre la experiencia subjetiva del trauma y la exigencia de prueba en el sistema de justicia. Su aporte no sustituye la labor jurídica, sino que la complementa mediante una comprensión científica del comportamiento humano bajo condiciones extremas de coerción y violencia.
La trata de personas no puede ser comprendida únicamente desde su dimensión penal o criminológica. Requiere una mirada interdisciplinaria que integre el conocimiento psicológico para descifrar el trauma que subyace a cada caso. La psicología forense, al traducir el sufrimiento en evidencia técnicamente sustentada, contribuye de manera decisiva a la construcción de una justicia más humana, informada y sensible frente a las víctimas de este delito.














