Alberto del Castillo del Valle.
Profesor de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Ante la amenaza del presidente de Estados Unidos de América de intervenir en México para combatir a los delincuentes de la droga (porque el gobierno mexicano no cumple con sus tareas en materia de seguridad pública y combate a ese flagelo), la presidente de México ha contestado que no debe atentarse en contra de la soberanía nacional, lo que ha motivado que varios connacionales se pronuncien en el mismo sentido; un nacionalismo a ultranza ante el agravio del enemigo poderosos e imperialista.
Se habla de una defensa a la soberanía nacional, pero sin especificar a qué soberanía se refieren los defensores de la Patria: ¿la del siglo XIX, la del XX o la de fines del siglo pasado y que predomina en este momento?
¿La soberanía de palabra o la de hecho?
¿La alimentaria o la de depender del extranjero para tener alimento en el país?
¿La soberanía nacional o la sujeta a regímenes “socialistas” (más parecidos a dictaduras)?
¿La soberanía de imponer a costa de lo que sea la voluntad de una sola persona o la soberanía de la voluntad popular consultada en las urnas, pero desconocida en las instituciones (por cierto, esas que se mandaron al diablo hace veinte años, en un ataque de ira)?
Y no sobra preguntar cuál soberanía, porque un discurso sin sustento real no es válido, es hueco y poco digno para defender la omisión en la proporción de seguridad pública y la defensa a quienes han puesto en jaque a la sociedad, manchándose los defensores de la soberanía las manos con políticas erróneas que demuestran su ineficiencia al frente del país.
Soberanía significa, etimológicamente, super Omnia, sobre todo; ¿hay soberanía cuando no se tiene una economía cierta, propia y fuerte?; no olvidemos qué desde la campaña electoral de 2018, se prometió que no se contrataría más deuda a costa del país y lejos de dejar de contratar deuda pública, se ha duplicado en siete años la que en doscientos años se había contraído. ¿Eso es soberanía? ¿Depender del dinero prestado?
Soberanía nacional, cuando en México no se atiende realmente a las personas nacionales, que habitan en el país, pero se regala petróleo a un régimen enemigo de quien nos abastece de alimentos. Ahí hay, en el discurso (oculto) oficial soberanía, aunque la voluntad popular no se ha manifestado en la entrega de nuestros recursos naturales a un país vecino “por cuestiones humanitarias” (aunque en ese país las cuestiones humanitarias se reflejen en prohibir tener sus propias ideas y expresarlas libremente, salir de él y progresar conforme a sus méritos personales); y mientras se atienden (sin que sea real ello) a personas de una isla, en este país no se ha tomado el parecer de los mexicanos (la voluntad popular) sobre si quiere que se regale el petróleo a Cuba, aunque la gasolina no ha reducido su costo, como se dijo desde mucho tiempo atrás….. en el discurso populista, pero carente de sustento.
Veamos la soberanía desde otra óptica: soberanía como imperio de nuestras tradiciones, costumbre e idiosincrasia; rechazo al imperialismo yanki. Suena muy bien, pero…, desde hace casi cincuenta años vengo criticando la contravención a ello por parte de muchos de nuestros compatriotas, que no hablan con base en la soberanía, sino con el lenguaje de la población de los Estados Unidos de América. Ahí está el fastidioso o.k. (que significa, en traducción al español, “está bien” o “estoy de acuerdo” y que se escribió con un error ortográfico para exponer la palabra “todo” (all) conforme a la vocalización que se pronuncia con una “o” y no con “a”, y complementarlo con “correcto” (korrect) (que no se escribe con “k”, sino con “c”), lo que me ha llevado a cambiarlo al “mexicano” para decir “ta güeno” o simplemente “t.g.”.
En México rige el español o castellano como lengua nacional (aunque a la señora con apellido extranjerizante le moleste que los españoles nos conquistaron e impusieron su lenguaje) o a su antecesor le duela que los españoles hayan llegado a México, renegando de su origen materno, devenido de un español. En esa lengua que no va a cambiarse por el náhuatl (o el zapoteco o mixteco para satisfacer a cierto ministro de tómbola y acordeón, que no de toga y birrete), cuando se despide la gente se dice “adiós”; pero en la soberanía que pregonan, dicen “bay” (o sea, en el idioma del país del norte que, por cierto, finca mucho de su progreso en no anteponer su soberanía y resentimientos para rechazar su antecedencia en la colonia inglesa.
Para concluir con estos ejemplos (son solamente dos del lenguaje, para no traer a colación el “ticket” -y su derivación en la “ticketera”, que es la máquina que expide ese comprobante de pago-, la “troca” -ya mexicanizada la traducción de camioneta- “checar” -por no emplear el término castizo o español de “revisar”- o el “chance” -que en nuestra lengua nacional implica oportunidad-), pasaré a la idiosincrasia nacional reflejada en la música de su preferencia, que es la que está de moda ¡en Estados Unidos de América!
Nuestras tradiciones antiguas rigen en noviembre bajo el nombre de “jalogüin” o cosa por el estilo. En verdad, mucho nacionalismo defendiendo nuestra soberanía.
Y ya mucha gente espera el gran domingo de super bol (creo que así se escribe, porque “como no se inglés, solamente sigo el deporte de aquel país y me emociono por el campeonato de sus equipos”).
En su momento y en una de mis oposiciones a la reforma en materia procesal penal en México, sostuve (y sostengo) que ella fue una forma de intervencionismo de los Estados Unidos de América, a fin de que sus abogados pudieran imponer sus despachos en nuestro país. Y ahora se aprecia en varios espacios, que haberle cumplido el favor a los “detestables gringos” tal vez no fue lo mejor, porque el retraso en la substanciación de los juicios penales se está viviendo con la fijación de audiencias en varios meses. Pero le copiamos a ellos su sistema, negando lo que en México ya había, como la presencia del Ministerio Público que acusaba ante el juez que juzgaba (o sea, la base de un sistema acusatorio, de lo cual nos dieron noticia nuestros profesores hace cuarenta años, otorgándole a don Venustiano Carranza la paternidad de ese sistema en México, al ser quien lo propuso en la Constitución de 1917, pero ahora dicen que ya no se acuerdan, que nada es cierto, que son palabras).
Ante la amenaza del intervencionismo del vecino del norte, ¿qué soberanía es la que se defenderá? ¿La económica o la de intereses del denominado “crimen organizado”? De ese lastre que tanto daño le produce a los mexicanos a quienes extorsionan, secuestran, desaparecen y asesinan personas sin escrúpulos ni valores, que viven de delito en detrimento de la población mexicana a la que el (des)gobierno mexicano no protege merced a la prestación del servicio de seguridad pública, escudándose en la crítica a Calderón (que inició una guerra contra el narco) y prefieren la “política” de “abrazos y no balazos” que, además de representar un fracaso, ha sido motivo de burla internacional y una forma de proteger a quienes delinquen.
Se enrollan en la bandera de la “soberanía” (que no sale muy bien respetada por los malos gobernantes) y se oponen a que vengan los soldados de Estados Unidos de América a imponer el orden a quienes viven en desorden que ellos toleran.
Critican la política criminal de El Salvador, con la cual efectivamente se ha reducido la violencia por parte de la delincuencia organizada, al combatirla eficazmente, pero se dice que se han violado derechos humanos de los delincuentes (dice el presidente salvadoreño: “¿por qué no se preocuparon por criticar a los delincuentes que no respetaron los derechos humanos de sus víctimas de violación, secuestro u homicidio?”. En verdad, ¡que envidia del cambio de aquel país en el que de ser el más peligroso de América, se ha convertido en uno de los más seguro ¡del mundo! ¿La diferencia? El presidente de esa Nación se tomó en serio su papel de representante de la población económicamente productiva y dedicada a vivir en el orden y la paz sociales, para retornarles certeza en una vida dentro de ese orden: paz y bien común, lejos de preocuparse por proteger a los “pobres delincuentes que también son seres humanos (y nos apoyan en las campañas)”.
En fin, si el gobierno de los Estados Unidos de América limpia nuestra casa (que el “gobierno” mexicano, nuestro sirviente, no ha limpiado y, lejos de ello, ha permitido que se ensucie más), la población mexicana que pretende retomar su privilegio perdido de vivir en paz, no siente que haya una invasión y afectación a la soberanía y aprecia la posibilidad de sacudirse de encima a quien la mancilla (la delincuencia) y, posiblemente de paso, a un mal gobierno que se ha adueñado a la mala de las instituciones nacionales.














