Por: Javier Regalado.

La mañana del sábado 25 de abril del presente año, en el Palacio de Bellas Artes, se transformó completamente en un preámbulo majestuoso que preparó al público para lo que iba a presenciar: La Misa de Réquiem de Giuseppe Verdi. Hasta el mármol y los diseños de Adamo Boari, que acompañaban solemnemente a los asistentes para ingresar a la sala principal, parecían expectantes. Desde muy temprano se respiraba arte, podía uno ver la llegada de los artistas poco a poco, llenando el espacio dentro y fuera del Palacio. Una vez todos ocupando su lugar, y habiendo sonado la tercera llamada, el gran ausente fue el telón de cristal “El Valle de México”, único en el mundo, con su más de un millón de cristales opalescentes diseñado por Gésa Maróti, cediendo el espacio a los más de 250 músicos y cantantes. Una vez que el director, Emilio Aranda alzó su batuta para indicar la entrada, la música se impuso con una fuerza impresionante, no importa cuántas veces lo hayas escuchado, ni cuantas veces hayas visitado el palacio, siempre se vive como si fuera la primera vez; cuando el Dies Irae sacudió la sala como un estruendo musical, hasta el melómano más experimentado saltó de su asiento, pues la Orquesta Escuela Carlos Chávez está cumpliendo cabalmente su cometido, aunado a la convocatoria a los coros Ensamble Escénico Vocal, Coro Sinfónico Comunitario y Coro Promúsica, quienes con su excepcional trabajo hicieron del Réquiem, que, aunque es una obra fúnebre, una experiencia musical de vida y eternidad.

Entrevista con Hasaí Peña, cantante Soprano, integrante del Ensamble Escénico Vocal.

JR- ¿Que representa para ti haber cantado en este ícono de las artes en México?

HP- Representa la materialización de un anhelo profundo: el de todo músico que sueña con habitar escenarios que han marcado la historia del arte.

Pero más allá del logro personal, significa asumir con plena conciencia la responsabilidad de estar al servicio del público, porque sin su escucha, la música pierde su razón de ser.

Concibo cada escenario como un espacio de sanación, una especie de sala donde los músicos, como intérpretes del alma, tenemos la tarea de despertar emociones esenciales: la empatía, el asombro, la vulnerabilidad, el amor. Aquello que, en última instancia, nos define como humanos.

Por eso, presentarme en un recinto con la historia, la fuerza y la carga simbólica del Palacio de Bellas Artes representa un honor inmenso. Es un lugar que ha sido testigo de innumerables momentos de transformación emocional, y formar parte de esa tradición implica no solo un privilegio, sino también un compromiso profundo con la verdad artística.

JR- ¿Cómo puedes expresar tu arte en medio de la gama de timbres, colores y armonías del Réquiem?

HP- Para mí, el Réquiem de Verdi es una obra de una intensidad emocional y sonora extraordinaria. Refleja no solo una visión espiritual, sino también profundamente humana de la muerte, donde conviven el dramatismo, la fuerza y momentos de una intimidad sobrecogedora.

Es una obra que exige el máximo nivel de concentración, tanto mental como técnico, de cada intérprete.

Pero, más allá de lo individual, cobra verdadero sentido en lo colectivo, en la escucha constante, en la sensibilidad para ceder o tomar protagonismo en el momento justo, y en la capacidad de construir un discurso musical en conjunto.

Como intérprete, mi labor es habitar cada uno de esos matices a través del color vocal, el fraseo y la intención. Cada línea tiene un peso expresivo distinto, y el latín, con su sonoridad particular, exige una dicción clara pero también profundamente intencionada, donde cada palabra impulse el sentido musical y emocional de la obra.

La técnica es una herramienta indispensable, pero por sí sola no basta; es el equilibrio entre mente y emoción lo que permite transformar el sonido en una experiencia significativa. Desde el manejo del aire hasta la construcción de las frases, todo está al servicio de una narrativa que busca trascender lo meramente sonoro.

Al final, no se trata únicamente de ejecutar una partitura con precisión, sino de generar un impacto genuino en quien escucha. Porque ahí es donde la música cumple su propósito: en la capacidad de conmover, de tocar lo más profundo y de crear un vínculo humano a través del sonido.

JR- ¿Qué importancia tiene la música coral en tu vida personal y profesional?

HP- Sinceramente, en un inicio la música coral no ocupaba un lugar significativo en mi visión como cantante. Mi única certeza era el amor por el canto, sin importar el contexto. Sin embargo, con el tiempo y la madurez, he descubierto el profundo valor formativo que este ámbito tiene, tanto en lo personal como en lo artístico.

La música coral representa para mí uno de los espacios más enriquecedores de formación humana y musical. Es ahí donde aprendí el verdadero significado de la disciplina, la escucha activa, la sensibilidad y, sobre todo, el trabajo en equipo. A diferencia del trabajo individual, el entorno coral te impulsa a crecer junto a otros, desde una perspectiva colaborativa y no competitiva, donde el objetivo no es destacar por encima, sino elevar el resultado colectivo.

En el ámbito profesional, ha sido fundamental para el desarrollo de mis habilidades musicales. El trabajo constante en conjunto ha fortalecido mi oído, mi lectura, mi afinación y mi conciencia de ensamble, permitiéndome construir una musicalidad más madura.

He comprendido que no siempre se trata de ser protagonista, sino de saber integrarse con inteligencia y sensibilidad dentro de una estructura mayor.

En ese sentido, la música coral me ha enseñado una de las lecciones más valiosas: entender que la música es, ante todo, un acto compartido.

Es un espacio de intercambio, aprendizaje y construcción mutua, donde cada voz tiene sentido en función del todo.

Como cantante, comprendí que mi voz no existe de manera aislada, sino que está al servicio de algo más grande.

Por ello, más que una práctica musical, la música coral ha sido para mí una escuela constante de humildad, conciencia y profundo respeto por el arte y por quienes lo comparten.

Sin más, solo me queda agregar que el canto es para mí una forma de servicio: «la manera en que devuelvo al mundo aquello que me fue dado».

Entrevista con José Luis Reynoso, cantante Solista en la voz de bajo.

JR- Como cantante solista, ¿Cuál es tu opinión acerca de esta obra?

LR- Esta, para mi es una de las obras culmen de Giuseppe Verdi, es todo un reto cantarla porque vocalmente es muy complicada, hay que usar muchos recursos con la voz, y hay que tener una técnica Bellcantista ya muy bien afianzada para poder abordar este Réquiem.

JR- Este Réquiem se sufre, se canta, se vive, se disfruta ¿Cómo lo saboreaste tú?

LR- Lo disfruto mucho, lo he cantado varias veces ya, pero siempre existe ese nervio al inicio de la obra también se sufre un poquito, pero a estas alturas se disfruta más.

JR- Dada la invasión de nuevos ritmos ¿Cómo ves el futuro de esta música en México y en el mundo?

LR- Sigue y seguirá vigente, tanto la ópera como la música de concierto siempre tiene público; también nuestro compromiso como artistas es acercar a los jóvenes a que escuchen, vivan este tipo de música; y sí se acercan, cuando uno los motiva, los incita a que vengan a estos conciertos. Yo en lo personal pienso que esta música tiene para más, a pesar de esta ola de música un poquito básica, esta música siempre va a estar vigente.

JR- por último, ¿Qué consejo le puede dar a los jóvenes que inician en esta difícil carrera de la música?

LR- Primero, tienen que tener paciencia, esta es una carrera larga, hay que prepararse mucho, afianzar bien su técnica, adquirir madurez vocal, física, emocional y el tiempo les va a poder dar la oportunidad de cantar este tipo de obras

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